Juan L. Ortíz

samedi, juillet 04, 2009 by La Rédaction


15 Poemas
Selección de Luis Alberto Vittor
Universidad Argentina John F. Kennedy
Buenos Aires
Especial para Le Caravansérail des Poètes

1. FUI AL RÍO...

Fui al río, y lo sentía
cerca de mí, enfrente de mí.
Las ramas tenían voces
que no llegaban hasta mí.
La corriente decía
cosas que no entendía.
Me angustiaba casi.
Quería comprenderlo,
sentir qué decía el cielo vago y pálido en él
con sus primeras sílabas alargadas,
pero no podía.

Regresaba
-¿Era yo el que regresaba?-
en la angustia vaga
de sentirme solo entre las cosas últimas y secretas.
De pronto sentí el río en mí,
corría en mí
con sus orillas trémulas de señas,
con sus hondos reflejos apenas estrellados.
Corría el río en mí con sus ramajes.
Era yo un río en el anochecer,
y suspiraban en mí los árboles,
y el sendero y las hierbas se apagaban en mí.
Me atravesaba un río, me atravesaba un río!



2. ELLA...

Ella anuda hilos entre los hombres
y lleva de aquí para allá la mariposa profunda
-ala del paisaje y del alma de un país, con su polen...

Ella hace sensible el clima de los días, con su color y su
perfume...
a su pesar, muchas veces, como bajo un destino.
Testimonio involuntario, ella,
de un cierto estado de espíritu, de un cierto estado de las cosas,
en que la circunstancia da su hálito. ..

Pero se dirige siempre a un testigo invisible,
jugando naturalmente con la tierra y el ángel,
el infinito a su lado y el presente en el confín...

Mas es el don absoluto, y la ternura,
ella que es también el término supremo y la última esencia
con las melodías de los sentidos y los símbolos y las visiones y
los latidos
para el encuentro en los abismos...

Mas tiene cargo de almas, y es la comunicación,
el traspaso del ser, "como se da una flor", en el nivel de los
niños,
más allá de sí misma, en el olvido puro de ella misma...

Y no busca nunca, no, ella...
espera, espera toda desnuda, con la lámpara en la mano,
en el centro mismo de la noche...

3. AH, MIS AMIGOS, HABLÁIS DE RIMAS...

Ah, mis amigos, habláis de rimas
y habláis finamente de los crecimientos libres...
en la seda fantástica os dan las hadas de los leños
con sus suplicios de tísicas
sobresaltadas
de alas...

Pero habéis pensado
que el otro cuerpo de la poesía está también allá, en el Junio
de crecida,
desnudo casi bajo las agujas del cielo?

Qué haríais vosotros, decid, sin ese cuerpo
del que el vuestro, si frágil y si herido, vive desde "la división",
despedido del "espíritu", él, que sostiene oscuramente sus
juegos
con el pan que él amasa y que debe recibir a veces
en un insulto de piedra?
Habéis pensado, mis amigos,
que es una red de sangre la que os salva del vacío,
en el tejido de todos los días, bajo los metales del aire,
de esas manos sin nada al fin como las ramas de Junio,
a no ser una escritura de vidrio?

Oh, yo sé que buscáis desde el principio el secreto de la tierra,
y que os arrojáis al fuego, muchas veces, para encontrar el
secreto...
Y sé que a veces halláis la melodía más difícil
que duerme en aquellos que mueren de silencio,
corridos por el padre río, ahora, hacia las tiendas del viento...
Pero cuidado, mis amigos, con envolveros en la seda de la
poesía
igual que en un capullo...
No olvidéis que la poesía,
si la pura sensitiva o la ineludible sensitiva,
es asimismo, o acaso sobre todo, la intemperie sin fin,
cruzada o crucificada, si queréis, por los llamados sin fin
y tendida humildemente, humildemente, para el invento del
amor...


4. DEJA LAS LETRAS...

Deja las letras y deja la ciudad...
Vamos a buscar, amigo, a la virgen del aire...
Yo sé que nos espera tras de aquellas colinas
en la azucena del azul...
Yo quiero ser, amigo,
uno, el más mínimo, de sus sentimientos de cristal...
o mejor, uno, el más ligero, de sus latidos de perfume...
No estás tú también
un poco sucio de letras y un poco sucio de ciudad?

Sigue, sigue, por entre la bencina, sobre la lisa pesadilla
de las calles extremas, hacia la gracia de las huellas...
Ay, la ternura de Octubre, a las nueve,
ya hace, por aquí, flotar a la pesadilla
en celeste de agua...
Pero derivemos rápido, del lado de los caminos del rocío,
invisible, casi, lo adivino, en el seno mismo de la luz...
Sentémonos, mi amigo, entre estas niñas rubias
que suben y bajan, altas, por unas orillas de jardín,
apoyadas, contra los cercos, sobre un rumor de enredaderas...
El sol ha bebido sus propias perlas
y hay apenas de ellas una memoria por secarse...
No temas, no temas, y mira, mira hasta las islas...
Viste alguna vez la melodía de los brillos?
La viste ondular, todavía de gasa,
desde tus pies al cielo, sobre el río?
Oh, la misma ciudad, a lo lejos, es una música blanca
con unos silencios amatistas...
Y ahora, ahora, torna la vista alrededor...
Saluda como un aura a estas humildes gracias de miel,
capaces, sin embargo, de atraer hacia sí
a las abejas todas del día
y de volver de margaritas a la melancolía más flotante...
No las sientes curvarse bajo un amor transparente
en un hálito de alas?
O es sólo la cortesía más misteriosa
entre esa que inclina, alternadamente, a los otros finos tallos,
ante algo que al parecer es la respiración de un dios?
Saluda, también, a sus vecinas menos subidas y más pálidas:
qué delicadísimo sueño de amapolillas más pálidas,
sobre un rastreo de tases, serpentino?
Y a las apenas malvas, medio escondidas entre las espiguitas:
pétalos de alba, a su pesar, con sus secretos amarillos...
Y a las apenas níveas, por bordadas, del país de Liliput,
pero que visten, igual que a una novia, a toda la gramilla...
Y ah, a las más sin nombre que se van
con los alambres libres
en una fuga preciosa de piedritas...
Y al trébol de allí, loco de verde, y miniado de sol,
increíblemente miniado de sol en primores casi íntimos
pero que extenúan a la brisa...
Y a las verbenillas, por cierto, de aquí:
oh, la más dulce sangre labrada por los misterios
para los misterios de las hierbas.. .
Y a estos emblemas de llama, perdidos de los trigos
mas que blasonan, del mismo modo, todo el aire...
Y a esos recuerdos de la luna,
aparecidos de seda, ay, en una vigilia de espejo
que se busca, a su vez, en su infinito todavía...
Pero no olvidemos, mi amigo,
a las esbeltas criaturas que arden el azul, allá,
delante no se sabe qué sacramento etéreo:
no olvidemos, mi amigo, a las criaturas de los cardos...
Ni olvidemos a aquéllas que ya parecen abisales
con su "pasión" de cielo sobre el susurro trepador:
rêveries de qué abismo hacia otro abismo las de mburucuyá?
Y no habremos comprendido, es cierto, a todas. ..
Cómo abrazar, mi amigo, a estas miríadas del beso
que van estrellando, se diría, todos los minutos
con todos los pétalos y todos los fuegos del suspiro?


Y si nos corriéramos hasta el arroyito del otro lado de la loma?
Allí, lo veo, las redes hondas sin bautizo
con su penumbra colgada y su casi vía láctea de jazmines
sobre una huida de vidrios, poco menos que nocturna,
con las navecillas de cita. ..
Y los laberintos de los taludes, aún con su sin fin
de pequeñísimas miradas en los iris más inéditos,
dando no sé qué números de no sé qué otra noche
o qué mareo de gemas entre unos miedos de crepúsculo...

Mas no oyes al silencio, ahora, mi amigo?
Qué ave de diamante, di, sobre la línea del sueño,
se deshace dulcemente?
O qué llamado para el sacrificio, di
de campanillas de humo?
Oh, todo dorado de misivas sobre las alas del azar
es el mismo amor que no teme perderse
como la propia gracia ya, libre, sobre su propio cielo de
corolas...
Y no oyes en este momento, di, al silencio o al amor más allá
de las lianas que tejiera para vencer su abismo,
asumiendo justamente la muerte con los modos de un espíritu?
Sí, en los amantes invisibles está asimismo la otra flor
o el otro lado de esa flor,
llama, serena llama, que viviría de su sombra...
Dónde, entonces, aquí, nuestras debilidades hechas dioses?
Aquí, lo que llamamos "horror", o lo que llamamos
"amenaza",
sonriendo desde la semilla, se diría,
o equilibrando a las mariposas, si quieres,
con un frío que nos duele, es cierto, en lo uno de la sangre...
Pero aquí también enfrentando a lo innombrable,
algo como los honores de un ángel...

Mas es en nosotros, mi amigo, que la agonía es dividida,
terriblemente dividida, y expedida a la ventura...
Y aquella música blanca con unos silencios de jacarandaes?
Allí y aquí, a la vez, la condena "de la rueda",
desde las madres del río y desde las madres de las zanjas...

Y aquí, ay, asimismo, lo que vinimos a buscar..
Si el lirio da a los precipicios, qué le vamos a hacer?
Hay que perder a veces "la ciudad" y hay que perder a veces
"las letras"
para reencontrarlas sobre el vértigo, más puras
en las relaciones de los orígenes...
O más ligeras, si prefieres, como en ese domingo
y en esa fantasía que serán...
Hay que perder los vestidos y hay que perder la misma identidad
para que el poema, deseablemente anónimo,
siga a la florecilla que no firma, no, su perfección
en la armonía que la excede...
O para ser el arpa de Lungmen
eligiendo ella sola los temas de su música,
lejos de los tañedores que se cantan a sí mismos
o que no oyen con los suyos a los recuerdos de las ramas
ni lo que dice el viento...
ni menos ven lo que el viento, por ahí, pone de pie. ..
Y aquí, además, las rimas entre los escalofríos de las briznas,
con los hilos temblando, siempre más allá de nuestra luz..
Y el rostro de Ella no escrito,
oh, recién nacido, con unos signos por hallar
y que serán, oh amigo, los que han de llevarte hasta su esencia
como las mismas, las mismas letras de tu alma...
Pero la viste a Ella,
amaneciendo aquí, Ella, de la espuma de las matas,
Venus de las colinas. Ella, sobre un flujo de jardín,
virgen profunda ésta toda aún de cabellos?

5. SI, MI AMIGA...

Sí, mi amiga, estamos bien, pero tiemblo
a pesar de esas llamas dulces contra junio…

Estamos bien… sí…
Miro una danzarina en su martirio, es cierto,
con los locos brazos, ay, negando la ceniza
y el crepúsculo íntimo…

Estamos bien… Cummings que se va, muy pálido,
al país que nunca ha recorrido,
mientras Debussy enciende el suyo, submarino…

Estamos bien… Pero tiemblo, mi amiga, de la lluvia
que trae más agudamente aún la noche
para las preguntas que se han tendido como ramas
a lo largo de la pesadilla de la luz,
con la vara que sabes y la arpillera que sabes,
en las puertas mismas, quizás, de la poesía y de la música…

Estamos bien, sí mi amiga, pero tiemblo de un crimen…

Cuándo, cuándo, mi amiga, junto a las mismas bailarinas del fuego,
cuándo, cuándo, el amor no tendrá frío?


6. ELLA IBA DE PANA AZUL

Ella iba de pana azul entre las manzanillas. Ella.
La mañana pesaba ya dulcemente.
¿De qué color la sombrillas contra el amor de Octubre?

Entre las manzanillas ella iba.
Entre la nieve ardiente ella iba.

¿En qué ligerísima penumbra sus labios florecían?

(Oh, sin la penumbra,
toda la abeja del aire,
toda, sobre sus labios...).

Entre las manzanillas ella iba.
La voz, la voz de niña, algo indecisa aún,
con pudor, con cierto pudor, de los pétalos ebrios...

Esa edad de Jacinto, ay, y ese aire...
Entre las manzanillas ella iba toda de pana azul,
de un azul más grave que el del Domingo, azul,
porque ya era el destino
de ojos a veces bajos o turbados... mi destino.
Mi destino... Y yo a su lado, qué?
Ella iba de pana azul entre las manzanillas. Ella.


7. PARA QUE LOS HOMBRES

Para que los hombres no tengan vergüenza
de la belleza de las flores,
para que las cosas sean ellas mismas: formas sensibles
o profundas de la unidad o espejos de nuestro esfuerzo
por penetrar el mundo,
con el semblante emocionado y pasajero de nuestros sueños,
o la armonía de nuestra paz en la soledad de nuestro pensamiento,
para que podamos mirar y tocar sin pudor
las flores, sí, todas las flores
y seamos iguales a nosotros mismos en la hermandad delicada,
para que las cosas no sean mercancías,
y se abra como una flor toda la nobleza del hombre:
iremos todos hasta nuestro extremo límite,
nos perderemos en la hora del don con la sonrisa
anónima y segura de una simiente en la noche de la tierra.



8. TODOS AQUI

Todos aquí para mirar arder y consumirse ese fuego.
Fuego sólo?

No es un corazón apasionado que se ilumina en los cielos?

La pasión de la luz antigua abriéndose en flores encendidas
para mirarse en el espejo humano.

El corazón dice: criaturas terrestres, la vida es gloriosa,
alzaos hasta el fuego armonioso como hasta la sangre
del éxtasis para que todos seáis como simientes ardiendo
para las cosechas sucesivas de la luz común que encenderá hasta la sombra
y la estrellará como un jardín.


9. DIOS SE DESNUDA EN LA LLUVIA...

Dios se desnuda en la lluvia
como una caricia
innumerable.
Cantan los pájaros entre la lluvia.
Las plantas bailan de alegría mojada.

La tierra
como una hembra
se disuelve en los dedos penetrantes
con una palidez de mil ojos desmayados.

Camino bajo la lluvia, todo mojado, cantando,
hacia mirajes que huyen en un rumoroso sueño.

¡Lluvia, lluvia!
Desnudez del dios
primaveral,
que baja danzando, danzando,
a fecundar la amada
toda abierta de espera, quebrada ya de ardor
amarillo y largo.


10. AROMOS DE LA CALLE...

Aromos de la calle.
Qué dicha flotante,
inmediata,
casi palpable!
No la siente el pobre,
no puede sentirla,
y tan cerca de él
el alma embriagada
del aromo!
Vergüenza de ser
el único en la fiesta
fragante
bajo la mirada
—celeste a destiempo—
del cielo que abren
nubes tibias.
Pero yo sé que un día
los frutos de la tierra
y del cielo, más finos,
llegarán a todos,
a todos, a todos.
Que las almas más
ignoradas
se abrirán a los
signos más etéreos
del día, la noche,
y de las estaciones...


11. LUNA DESHOJADA EN EL VIENTO...

Luna deshojada en el viento de la medianoche
que ha apagado el río
y da a aquellos árboles
cercanos de la isla
una forma huyente
casi desesperada
hacia el sur.

Gráciles mujeres con sus agitadas vestiduras de ceniza,
hacia dónde?
sobre el flotante y casi inquieto
infinito que se corona allá abajo de estrellas.
La noche, sin embargo, da una ligera paz al corazón.
La noche se busca más allá de sí misma en el viento que la deshoja,
sin detenerse demasiado en el repentino camino de lirios
que la luna reintegrada hace brotar un momento en el agua.

Seguir la noche sentado en la barranca,
una ligera paz en el corazón...
Pero la noche se busca más allá de sí misma, amigos,
y aquellas huyentes criaturas que no alcanzarán las estrellas...
Pero hay otras criaturas que huyen esta noche bajo el fuego de los hombres
porque los suyos defienden las formas inmediatas y sencillas
de su acuerdo con el universo: su paisaje y su casa,
con todo lo que surgiera de su inocente y honda amistad con éstos,
destacándose o disolviéndose en su sangre cantante;
porque ellos defienden las formas de su alma, o estetas,
o la eternidad viva de su alma, o poetas amantes de una eternidad rígida,
muerte mezquina que os impusieran a vuestros sueños que creíais soberanos.

Las criaturas que huyen bajo el fuego de los hombres,
esta noche, esta misma noche, en que el viento aquí deshoja la luna
y agita hacia el sur fantasmas grises sobre un infinito palpitante!
Esta noche, esta misma noche aquí deshecha en una búsqueda angustiada!

Esta noche, esta misma noche, con transversal y efímero florecimiento de luna líquida.
Esta noche, esta misma noche, las criaturas que huyen bajo alas de espanto,
mientras los suyos entre la tormenta
de hierro, bien derechos, bien derechos se yerguen sobre las cimas del ser.

12. ELLOS...

Ellos están allí entre las altas barrancas.
En lo hondo. Ellos están allí.
Ellos viven, viven? junto al arroyuelo
de aguas pobres que quisieran ser puras
y que sólo el mediodía, el diáfano mediodía, viste de azul y plata.
—La sombra de las barrancas en casi todo el día
les roba esta única, esta celeste gracia...

El camino blanco en la alta luna
fosforece y fluye para nadie
entre una soledad rasgada, aunque espectral, de ceniza...

Pero el hilo de estaño cambiante y apenas sonreído
por algunas frágiles flores de jabón, se transfigura,
y es el despertar, en la crecida, de noche,
ante un monstruo repentino y terrible todo lívido de espumas.

Ellos están allí entre las altas barrancas.
En lo hondo. Ellos viven allí. Con el sueño amenazado
y un posible abrir de ojos aún más trágico que el de las albas habituales
sorprendido en su inocencia por un castigo todavía más incomprensible.

Ellos están allí porque solamente allí pueden estar.
Porque solamente allí pueden plantar sus latas y sus lonas.
Olvidados como los otros, desconocidos como los otros,
los del horror lento o rápido o brutal de aquí y allá...

Ellos están allí porque solamente pueden estar.
¿Es cierto que se sonríe ante los lindos pliegues de las telas exhibidas
y las copas de vino claro y las volutas gráciles de los “problemas eternos”?
¿Es cierto que se está contento de sí entre las luces
y que se cree que el mundo termina en el radio de las luces
y de las palabras seguras y del sentimiento medido por las uñas delicadas?

¿Es cierto, es cierto? Ellos están allí entre las altas barrancas.
En lo hondo. Ellos están allí. Ellos viven allí.
¿Por qué esas manos graves, en el aire, sobre ellos,
ligeramente bendicientes a pesar suyo, por qué?

Ellos están allí entre las altas barrancas. Ellos viven allí.
Y una mañana cualquiera, ellos mismos, y acrecidos de otras aguas,
de lo hondo, y con los hombros ligeros esta vez, a pesar de todo,
y libres esta vez, y para siempre, de la infamante bolsa familiar,
ellos, ellos, con otras manos y otros gestos, subirán, oh, subirán, hacia su día...


13. PUEBLO COSTERO

Ved ese niño oscuro que mira como desde otro mundo,
el blanco de los ojos más blanco, medio amarillo, mejor.
Oh, la niñita ya de anteojos que lo guía o lo alza,
barro leve ella misma sobre palillos aún más leves.
Ved aquella en un carrito, tan frágil,
con esa flor monstruosa de las rodillas casi terminales,
conducida por los suyos, más pequeños, hacia la orilla de qué estrella?
Ved esa cabeza pálida, de diez años, de pescado imposible,
que por poco os fijará desde los mismos oídos...
Ved esa rama vieja, sobreviviente de “las canteras”,
doblada sobre otra rama corta que se hinca
con una cadencia cada vez más seguida:
sobre ella y sus iguales, anónima ceniza, allá,
más bien que sobre las piedras,
se elevaron algunas casas aladas y algunas pilas de billetes...
y con su sangre, ay, tan roja, alquimia “misteriosa”,
se azularon algunos apellidos que luego dieron chapas por ahí...
Ved ese fantasma seco, seco, salido de una noche de vidrios, larga...
sin sexo, sí, a pesar de la “falda”
y de la lana fluida sobre el filo de los hombros...
oh, su voz venida de la caverna de la edad, profunda,
desde aquellos desafíos, quizás, a la intemperie y al hambre...

Ya en ésos, ved, con todo, un no sé qué tenaz de zarza
aguda hacia arriba o hacia alguien por entre los ramos abatidos...
Mas ved este canoero de metal con más óleo que la luz,
plantado en medio de la calle, adánico, como para dar reglas a la tarde...
Y esta lavandera densa pero de pies de plumas listas
danzando casi con los tachos sobre el tapiz de su vida...
Y estas muchachitas que sacan su risa a veces como el agua,
ligeramente inclinadas sobre un río increíble:
sólo, soplo, sus años morenos, o el ágata un poco oblicua de los ojos,
o esa espera en el portón cuando empiezan a volar, súbitas, otras joyas...
Y estos mozos sin nada que abrazan las ondas últimas lo mismo que a novias,
luego de herir las otras, durante todo el día, por las islas...
Y este pescador de silencio que llega de una fiebre de silencio,
y aún demora, nocturno, sobre los nácares grasos y la leña,
para abrir su sueño, al fin, al primer contacto, igual que un irupé...
Y estos chicos del arca “en seco”, viajando con sus bestezuelas,
en un contrapunto de cristal y de hojalata, que sube...
hasta que, sobre la hierba anochecida, de ahí, cantando,
ellos también, tomados de la mano, dan la vuelta al mundo, descalcitos...
Y esta “abuela” toda envuelta que busca todavía los velos de la hora
para destocar su plata y diluirla entre lirios de jabón, en cuclillas....
mientras sus polluelos, cerca, enloquecen blondas ya celestes...
Y esta madre que acarrea hasta la noche piedras de la orilla,
y quiebra su vida con ellas, luego, para la mesa menos mala,
pero no su sonrisa, ah, de todos, en una ofrenda unida de jazmín...
Y esta otra, discreta, que templa su propia alma más que el horno,
y así sale cocida esa flor de la harina que “hace la compañía” por aquí...
Y estos diablillos que son flechas sobre la negación desconocida,
evocados como alas por el suceso más ligero,
con todos los iris del asombro y todos los rostros del té,
y los cabellos, todos, más alegres, y las breves ropas más caídas...

¿En dónde todos ellos, todos estos hijos de la costa,
se nutren, a pesar de todo, de esa fuerza gentil,
profundamente gentil, contra la humillación oscura que parece dormir?
Arrojados hacia las cosas por los otros que no saben,
las cosas, madres, les dan de su leche y de su hálito.
Oh, cierto, en la aventura del pan o en la muda pesadilla,
a merced de las peores armas del aire y de los humores peores de la tierra
y del río extraño, extraño, que quisiera, salido, devolverlos a aquéllos,
dejándolos así medio flotar, entre los dos rechazos, bajo los ciriríes de la noche...

No se supo, no, pensar en los poderes de esos regazos,
ricos de rayos blancos en la misteriosa espiración,
numen que no se invoca, y unción que no se pide, para los seres a ellos acogidos.

Pero hubieran podido quitarles también esto?
Y helos ahí, en los fluidos de los tiempos del río
como en melodías que no se oyen pero que ordenan, puras, los ritos.
Helos ahí, ajenos o fundidos a las horas leves de los sauces,
o al amor de lo suyo increíble de decoro o de honor bajo los vientos,
increíble de gusto y de atención, aún, en la luz de algunas flores...
Helos ahí, puros del suelo puro, en la línea de las cañas del sol,
de pie, en la propia nada, por el mismo sol profundo...
Helos ahí, con ese acero de los hierros secretos y de los carbones secretos,
sobre el “punto de angustia, inefable y absurdo”, del minuto sin salida...
Y helos ahí, en la grande, en la gran salida que hallarán,
con ese acero alineado, guay, con los demás, para la jornada sin fin,
en la columna que irá, enorme, hasta el otro lado de la estrella:
zarza en marcha esta vez, desde sí misma ardiendo “sobre un aire de acordeón...”


14. COLINAS, COLINAS...

Colinas, colinas, bajo este Octubre ácido...
Colinas, colinas, descomponiendo o reiterando matices aún fríos,
o no pudiendo decir plenamente el oro y el celeste, fluidos, de los
cultivos.
Nos dueles, oh paisaje que no puedes cantar en la tarde agria e
indecisa,
lleno de escalofríos bajo las nubes tenaces e inquietas todavía de tu
sueño
y estás solo. solo, solo, con la angustia y el desamparo de tus
criaturas.
Pero aun si cantaras el canto no se oiría casi.
Oiríamos sólo el ruido de los carros largos con su carga de
desesperación.
Oiríamos sólo el silencio de los niños y de las mujeres junto a los
ranchos transparentes.
Veríamos sólo la figura deshecha con la bolsa al hombro sobre la
cima de la loma.
Veríamos sólo esos arrabales de las Estaciones, oh campos de
Entre Ríos con aún países absolutos de injusticia,
oh, campos de Entre Ríos hechos para la dicha
de los que os evocaron esa aurora florecida que aún no canta y que
es extraña al día.
Otro será el paisaje mañana en las mismas líneas puras.
Cantará con un múltiple canto entre las casas próximas con mesas,
ah , seguras y con libros y músicas.
Como de la noche de su alma del sueño de los campos el hombre
extraerá toda la maravilla.
No más dividido, no, con el hermano, ni consigo mismo, ni con la
tierra, el hombre.
Uno consigo mismo y con el mundo para crearse sin fin en la gracia
más alta de la criatura,
y sonreír al rostro cejante de la sombra.


15. A PRESTES
(Mi galgo)


Has muerto, silencioso amigo mío, has muerto...

¿En qué prados profundos te hundiste para siempre cuando llovía
oscuramente?
- Marzo, anoche, apagaba la sed larga...

Tu cabeza, tras el último suspiro, quedó más fina aún en la línea
final.
Y era como si corrieras acostado un no sé qué fantástico que huía,
huía...

Silencioso amigo mío, viejo amigo mío, has muerto...
Cuántos minutos claros, cuántos momentos eternos, contigo,

compañero de mis mañanas cerca del agua, de mis atardeceres
flotantes...
en el dulce calor, en el viento de las hierbas, en los filos del frío,
en la luz que se despide como un infinito espíritu ya herido...

Silencioso amigo mío, viejo amigo mío, cómo nos entendíamos ...
Esta tarde hubiéramos salido a mirar los oros transparentes, casi
íntimos...
¿Qué veías allá, sobre las islas, cuando enhestabas las orejas?
¿Y te tocaba el blanco alado de la vela lejana?
Oh, los perfumes de las gramillas y de la tierra, qué ríos de éxtasis!
Y tu tensión cuando algo corría abajo...
Duro para mí, estúpido de mí, que te contenía sobre las traseras patas
sólo,
Vibrante en tu erguida esbeltez posada apenas...

Silencioso amigo mío, viejo amigo mío, compañero de mi labor...
Echado a mi lado, las horas lentas, alzabas de repente tus ojos
largos,
ay, llenos de signos sutilísimos, y a veces,
una tenue luz que venía no se sabe de dónde humedecía su
melancolía sesgada...
¿En qué secretas honduras sentías entonces mi mirada?

.................................................................................................

Larga fue tu enfermedad y tu latido profundo se hizo delgado, casi una
queja ya...
Oh, esta queja, oh, tu llamado débil, cuando sentías acaso que “la
sombra” venía
y requerías a tu lado las familiares presencias queridas...
Duro de mí, estúpido de mí, que a veces no prestaba suficiente atención
a tu llamado
ni lo entendía en su miedo de la rondante noche absoluta, de la
marea definitiva,
miedo de hundirte solo, sin la luz del “aura” amada junto a la ola
fatal,
tú, el de la adhesión plena, el de la estilizada cabecita beata sobre la
falda, sentados a la mesa
o leyendo yo sin haberte mullido el sueño fiel al lado de la silla...

Ay, oigo todavía tu llamado, tu llanto débil, impotente, de una
imploración seguida...
Las voces no estaban lejos pero las querías alrededor de ti contra el
silencio que llegaba...

Ay, oigo todavía tu llamado, tu súplica latida como desde una
medrosa pesadilla,
mientras mi corazón lo mismo que tus flancos, sangra, sangra, y
Marzo, entre las cañas, sigue lloviendo sobre ti...







* JUAN LAURENTINO ORTIZ —Juan L.— poeta argentino. Nació en Puerto Ruiz (Entre Ríos) el 11 de junio de 1896 y murió el 2 de setiembre de 1978. Entre su obra podemos citas: El agua y la noche (1924-1932); El alba sube...(1933-1936); El ángel inclinado (1938); La rama hacia el este (1940); El álamo y el viento (1947); El aire conmovido (1949); La mano infinita (1951); La brisa profunda (1954); El alma y las colinas (1956); De las raíces y del cielo (1958); En el aura del sauce, entre otras.